La poesía no es de quien la escribe, sino del que la necesita.

11 de mayo de 2012

Francamente querida...

-¡Siempre Ashley! -dijo. Y permaneció un momento en silencio-. Scarlett, cuando tengas cuarenta y cinco años, acaso comprenderás de qué estoy hablando, y entonces tal vez, también tú, estarás cansada de seres amanerados, modales fingidos y emociones baratas. Pero lo dudo. Yo creo que siempre te sentirás más atraída por el brillo que por el oro... Sin embargo, no puedo esperar tanto para cerciorarme... Y tampoco deseo esperar. No me interesa. Me voy a errar por viejas ciudades, y viejas regiones, donde tal vez quede algo de los viejos tiempos... Soy tan sentimental como todo eso. Atlanta es demasiado nueva para mí. 
 -Basta -dijo Scarlett de pronto. 
 Apenas había oído nada de lo que él había dicho. Desde luego no lo había entendido. Pero comprendió que no podría soportar por más tiempo con serenidad el sonido de su voz cuando ya no  quedaba amor en él. 
 Rhett se detuvo y la miró asombrado. 
 -Comprendes lo que estaba diciendo, ¿verdad? -preguntó, poniéndose en pie. 
 Scarlett le tendió las manos con las palmas hacia arriba, con el ademán que desde las más remotas edades ha indicado súplica, y su corazón se reflejaba en su rostro. 
 -No -exclamó-. Lo único que sé es que no me quieres y que te marchas. ¡Oh, amor mío! Si tú te marchas, ¿qué va a ser de mí?  
Por un momento, Rhett vaciló como si se preguntase si no sería mejor una mentira piadosa que la verdad desnuda. Luego se encogió de hombros. 
-Scarlett, nunca he sido de esas personas que recogen los pedazos rotos los pegan y luego se dicen a sí mismos que el objeto compuesto esta tan bien como el nuevo. Lo que está roto, roto esta. Y prefiero recordarlo como fue a pegarlo y ver después las señales de su rotura durante toda mi vida. Acaso, si yo fuera más joven…-suspiró-. Pero soy demasiado viejo para creer en sentimentalismos, equivalentes a pasar una esponja y volver a empezar. Soy demasiado viejo para soportar la carga de mentiras corteses, que nacen de vivir en continua desilusión. No podría vivir contigo y mentirte, y mucho menos podría mentirme a mí mismo. Quisiera que me pudiese importar adónde vas o lo que quieres. Pero no puedo.
Lanzó un suspiro y dijo con suave indiferencia: 
Francamente querida, me importa un bledo
                                                            Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell)

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